Memorias de un Biólogo: entrevista al Dr. Víctor Manuel Chávez Ávila
Entrevista realizada el 16 de agosto del 2019.
Nací el 3 de junio de 1954 en la Ciudad de México. Mi infancia transcurrió en un entorno de escasos recursos y con una familia dividida, pero siempre rodeado de naturaleza. Aquel mundo verde me despertaba preguntas al azar; me atraía profundamente la vida silvestre. Por necesidad, en casa tratábamos de conocer algunas plantas para curarnos con ellas. Con el tiempo, y gracias al esfuerzo familiar, pude estudiar. Tenía que caminar hasta la escuela porque no había dinero para el transporte, y aunque fueron momentos difíciles, hoy se han vuelto gratas memorias.
Muchos profesores marcaron mi camino. En secundaria, la profesora Pánico —sí, así se apellidaba— fue mi primera gran influencia. Era severa, pero me dio bases sólidas para descubrir la biología. Más tarde hice una estancia en el Laboratorio de Carcinología de la Secretaría de Marina. Ahí participábamos en cruceros para pescar y medir temperatura, acidez y transparencia del agua. Nunca aprendí a nadar; el mar es valioso e interesante, pero siempre he preferido la vida en tierra.
Después ingresé a la Escuela Nacional Preparatoria No. 6, donde obtuve becas de rendimiento y de asistencia. A los 16 años decidí salirme de casa para no ser una carga para mi familia. La profesora de biología, Lucía González, consolidó mi vocación: en la preparatoria confirmé que quería estudiar biología, aunque dejé atrás la idea de dedicarme a la biología marina.
Entré a la Facultad de Ciencias de la UNAM a estudiar Biología, y me apuré tanto que terminé antes que mi generación. Tuve la fortuna de recibir clases de quienes hoy son la Dra. Edelmira Linares y el Dr. Víctor Corona Nava Esparza. Ellos me ofrecieron una beca en el Jardín Botánico; fui becario y luego me gané una plaza. Desde entonces he trabajado con cultivos de tejidos vegetales. Fui de las primeras personas en México en recibir capacitación en esa área: un grupo de japoneses impartió cursos en Chapingo, y luego esa tecnología llegó a la Facultad de Química.
Más adelante realicé el doctorado, parte en la UNAM y parte en la Universidad de Florida. Al regresar, inicié el laboratorio de cultivo de tejidos junto a la Mtra. Magda Peña. A eso me dedico hasta hoy. Me gusta mi trabajo porque, aunque muchos jóvenes llegan pensando que nosotros les enseñaremos, la verdad es que aprendemos de sus iniciativas y preguntas. Siempre he dicho que no me gusta dar clases, no me siento bueno para eso; pero cada generación nueva me enfrenta de nuevo al reto de ser claro y mantener su atención. Con el tiempo he descubierto que puedo ser motivador, que puedo encontrar las palabras que necesitan escuchar, y he aprendido a disfrutar esa interacción. Me gusta verlos trabajar, pero más aún trabajar junto a ustedes. No quiero solo decir qué hacer; quiero seguir siendo parte del grupo. Gracias a eso, incluso hemos entablado amistades profundas: sin distinciones, cada uno de ellos es mi mejor amigo.
Leo mucho, principalmente sobre ciencia. Mis lentes son inseparables. La ventaja es que, entre tanto que leemos, siempre sabemos una parte de todo eso, aunque seguimos aprendiendo día a día. No he escrito un libro, pero sí numerosos reportes burocráticos. Quizá algún día los reúna para convertirlos en uno.
Cuando me preguntan qué cambios necesita México, respondo que nuestras autoridades deben aceptar que otras formas de vida nos precedieron y sostienen la nuestra. Respetarlas es fundamental. El gobierno, interno y externo, debería brindar apoyo real e inmediato a estudios como los cultivos de tejidos vegetales, que pueden ofrecer alternativas ante el cambio climático.
Hoy me preocupa si esta actividad sobrevivirá. Quisiera que quienes ocupan cargos altos entendieran que trabajan para todos, no para beneficiarse de nuestras capacidades. Lo mismo ocurre con el futuro de la ciencia en México: me avergüenza la condición de violencia y agresión que vivimos. No hemos logrado llevar un mensaje que evite abusos. Solo si dejamos atrás la ambición, el egoísmo y la soberbia, y trabajamos como comunidad, podremos superar esto.
A los jóvenes interesados en la ciencia les digo: sigan siendo jóvenes. Cada quien tiene su propia existencia, pero hay diferencia entre existir y vivir. Traten de vivir. Conózcanse pronto, identifiquen una vocación, estudien una carrera —o no—, pero sean íntegros y esfuércense. La información en los libros no basta: hace falta reflexión, análisis y criterio. Todos cometemos errores; si sucede, sean maduros y valientes para decir “yo fui”. Abracen lo que les gusta y sigan adelante.
Cuando me preguntan cómo me veo en diez años, respondo que espero verme como ahora. Deseo conservar la lucidez para seguir aprendiendo y regresarle algo a los jóvenes, a la institución y, con mucho cariño, al Jardín Botánico. También deseo que para entonces contemos con apoyo institucional para tener técnicos académicos que aseguren la continuidad del laboratorio cuando ya no estemos. He intentado dejar escuela: sembrar vocación, señalar problemas fundamentales y transmitir lo que considero importante. Parte de eso quedará en jóvenes como tú, que lees esto.
Hoy me veo acercándome a la otra orilla. Me toca estar en la fila de enfrente: dejar de ser personal activo y convertirme en un nombre, quizá una imagen amarillenta que se pierde, pero que permitió dar continuidad a los objetivos del Jardín Botánico. Las nuevas generaciones deberán dejar su soberbia, estudiar los antecedentes y adentrarse en la historia de este lugar. Solo así podrán incorporarse realmente, y no solo flotar en la institución.
Hoy puedo decir que encontré en la UNAM una vocación que no era clara en mi niñez, pero que se volvió evidente con el tiempo. Le tengo mucha admiración a la institución. Quiero profundamente al Jardín Botánico y deseo haber dejado una huella que mantenga viva la afinidad por los recursos naturales del país. Quizá es un llamado tardío, pero espero que sirva. Y ojalá dentro de diez años ustedes sigan aquí. Lo peor que he hecho en la vida por dinero es levantarme temprano para venir a trabajar, pero lo disfruto. A estas alturas, donde les doblo —o triplico— la edad, lo disfruto profundamente.
Integrantes del laboratorio (en este momento)
Dr. Santos Carballal Hernández
Kathia Denise García Moreno
Alejandro Eduardo Pantoja Santos
María Consuelo Santos Reyes
Itzel Vianney Martínez Peralta
Ana Paula Gamba
Ignacio Eduardo González Mondragón
Ana Gabriela Téllez Torres
Diana Patricia Cruz Hernández
Bárbara Estrada Galván
Esta narración se realizó con base en la entrevista realizada al Dr. Víctor Manuel Chávez Ávila el día 16 de agosto de 2019, por Paola Yised Torres Arroyo.
Coordinadora y editora: M. en D. Salma Gómez Ibarra
.jpg)
.jpg)
.jpg)