lunes, 8 de diciembre de 2025

 

Memorias de un Biólogo: entrevista al Dr. Víctor Manuel Chávez Ávila

Entrevista realizada el 16 de agosto del 2019.



Nací el 3 de junio de 1954 en la Ciudad de México. Mi infancia transcurrió en un entorno de escasos recursos y con una familia dividida, pero siempre rodeado de naturaleza. Aquel mundo verde me despertaba preguntas al azar; me atraía profundamente la vida silvestre. Por necesidad, en casa tratábamos de conocer algunas plantas para curarnos con ellas. Con el tiempo, y gracias al esfuerzo familiar, pude estudiar. Tenía que caminar hasta la escuela porque no había dinero para el transporte, y aunque fueron momentos difíciles, hoy se han vuelto gratas memorias.

Muchos profesores marcaron mi camino. En secundaria, la profesora Pánico —sí, así se apellidaba— fue mi primera gran influencia. Era severa, pero me dio bases sólidas para descubrir la biología. Más tarde hice una estancia en el Laboratorio de Carcinología de la Secretaría de Marina. Ahí participábamos en cruceros para pescar y medir temperatura, acidez y transparencia del agua. Nunca aprendí a nadar; el mar es valioso e interesante, pero siempre he preferido la vida en tierra.

Después ingresé a la Escuela Nacional Preparatoria No. 6, donde obtuve becas de rendimiento y de asistencia. A los 16 años decidí salirme de casa para no ser una carga para mi familia. La profesora de biología, Lucía González, consolidó mi vocación: en la preparatoria confirmé que quería estudiar biología, aunque dejé atrás la idea de dedicarme a la biología marina.

Entré a la Facultad de Ciencias de la UNAM a estudiar Biología, y me apuré tanto que terminé antes que mi generación. Tuve la fortuna de recibir clases de quienes hoy son la Dra. Edelmira Linares y el Dr. Víctor Corona Nava Esparza. Ellos me ofrecieron una beca en el Jardín Botánico; fui becario y luego me gané una plaza. Desde entonces he trabajado con cultivos de tejidos vegetales. Fui de las primeras personas en México en recibir capacitación en esa área: un grupo de japoneses impartió cursos en Chapingo, y luego esa tecnología llegó a la Facultad de Química.

Más adelante realicé el doctorado, parte en la UNAM y parte en la Universidad de Florida. Al regresar, inicié el laboratorio de cultivo de tejidos junto a la Mtra. Magda Peña. A eso me dedico hasta hoy. Me gusta mi trabajo porque, aunque muchos jóvenes llegan pensando que nosotros les enseñaremos, la verdad es que aprendemos de sus iniciativas y preguntas. Siempre he dicho que no me gusta dar clases, no me siento bueno para eso; pero cada generación nueva me enfrenta de nuevo al reto de ser claro y mantener su atención. Con el tiempo he descubierto que puedo ser motivador, que puedo encontrar las palabras que necesitan escuchar, y he aprendido a disfrutar esa interacción. Me gusta verlos trabajar, pero más aún trabajar junto a ustedes. No quiero solo decir qué hacer; quiero seguir siendo parte del grupo. Gracias a eso, incluso hemos entablado amistades profundas: sin distinciones, cada uno de ellos es mi mejor amigo.

Leo mucho, principalmente sobre ciencia. Mis lentes son inseparables. La ventaja es que, entre tanto que leemos, siempre sabemos una parte de todo eso, aunque seguimos aprendiendo día a día. No he escrito un libro, pero sí numerosos reportes burocráticos. Quizá algún día los reúna para convertirlos en uno.

Cuando me preguntan qué cambios necesita México, respondo que nuestras autoridades deben aceptar que otras formas de vida nos precedieron y sostienen la nuestra. Respetarlas es fundamental. El gobierno, interno y externo, debería brindar apoyo real e inmediato a estudios como los cultivos de tejidos vegetales, que pueden ofrecer alternativas ante el cambio climático.

Hoy me preocupa si esta actividad sobrevivirá. Quisiera que quienes ocupan cargos altos entendieran que trabajan para todos, no para beneficiarse de nuestras capacidades. Lo mismo ocurre con el futuro de la ciencia en México: me avergüenza la condición de violencia y agresión que vivimos. No hemos logrado llevar un mensaje que evite abusos. Solo si dejamos atrás la ambición, el egoísmo y la soberbia, y trabajamos como comunidad, podremos superar esto.

A los jóvenes interesados en la ciencia les digo: sigan siendo jóvenes. Cada quien tiene su propia existencia, pero hay diferencia entre existir y vivir. Traten de vivir. Conózcanse pronto, identifiquen una vocación, estudien una carrera —o no—, pero sean íntegros y esfuércense. La información en los libros no basta: hace falta reflexión, análisis y criterio. Todos cometemos errores; si sucede, sean maduros y valientes para decir “yo fui”. Abracen lo que les gusta y sigan adelante.

Cuando me preguntan cómo me veo en diez años, respondo que espero verme como ahora. Deseo conservar la lucidez para seguir aprendiendo y regresarle algo a los jóvenes, a la institución y, con mucho cariño, al Jardín Botánico. También deseo que para entonces contemos con apoyo institucional para tener técnicos académicos que aseguren la continuidad del laboratorio cuando ya no estemos. He intentado dejar escuela: sembrar vocación, señalar problemas fundamentales y transmitir lo que considero importante. Parte de eso quedará en jóvenes como tú, que lees esto.

Hoy me veo acercándome a la otra orilla. Me toca estar en la fila de enfrente: dejar de ser personal activo y convertirme en un nombre, quizá una imagen amarillenta que se pierde, pero que permitió dar continuidad a los objetivos del Jardín Botánico. Las nuevas generaciones deberán dejar su soberbia, estudiar los antecedentes y adentrarse en la historia de este lugar. Solo así podrán incorporarse realmente, y no solo flotar en la institución.

Hoy puedo decir que encontré en la UNAM una vocación que no era clara en mi niñez, pero que se volvió evidente con el tiempo. Le tengo mucha admiración a la institución. Quiero profundamente al Jardín Botánico y deseo haber dejado una huella que mantenga viva la afinidad por los recursos naturales del país. Quizá es un llamado tardío, pero espero que sirva. Y ojalá dentro de diez años ustedes sigan aquí. Lo peor que he hecho en la vida por dinero es levantarme temprano para venir a trabajar, pero lo disfruto. A estas alturas, donde les doblo —o triplico— la edad, lo disfruto profundamente.


Integrantes del laboratorio (en este momento)

  • Dr. Santos Carballal Hernández

  • Kathia Denise García Moreno

  • Alejandro Eduardo Pantoja Santos

  • María Consuelo Santos Reyes

  • Itzel Vianney Martínez Peralta

  • Ana Paula Gamba

  • Ignacio Eduardo González Mondragón

  • Ana Gabriela Téllez Torres

  • Diana Patricia Cruz Hernández

  • Bárbara Estrada Galván



Esta narración se realizó con base en la entrevista realizada al Dr. Víctor Manuel Chávez Ávila el día 16 de agosto de 2019, por Paola Yised Torres Arroyo.

Coordinadora y editora: M. en D. Salma Gómez Ibarra


miércoles, 8 de octubre de 2025

Agrobiodiversidad ornamental: del uso cotidiano, intercambio cultural y comercio

 Mauricio González-Muñoz1, Rodrigo A. Hernández-Cárdenas2  y Leonardo Beltrán-Rodríguez3

1Carrera de Biología, Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México.
2Red de Biodiversidad y Sistemática, Instituto de Ecología A.C.
3Laboratorio de Etnobotánica Ecológica2, Jardín Botánico, Instituto de Biología, Universidad Nacional Autónoma de México.


Las plantas ornamentales han acompañado a la humanidad desde hace siglos. Se han valorado no solo por su aspecto llamativo, sus aromas o el simbolismo cultural que encierran, sino también porque permiten transformar los espacios cotidianos, privados y colectivos en lugares más agradables: desde calles, casas, hasta jardines, templos o museos. Además, son uno de los grupos vegetales más fascinantes, tanto por su belleza, impacto cultural e importancia económica a través de los tiempos (Prance & Nesbitt, 2005; Taylor, 2009).

La percepción de lo que se considera “bello” en la naturaleza no ha sido estático. A lo largo del tiempo, cada cultura ha definido y resignificado la belleza de distintas especies vegetales, adaptando también su manera de aprovecharlas e integrarlas en la vida diaria. Para que una planta sea considerada ornamental debe cumplir ciertos requisitos, sobre todo de tipo morfológico, aromático, cromático e incluso espiritual (CONABIO, 2020).

El creciente interés por las plantas ornamentales nativas ha puesto en riesgo a muchas de ellas debido al saqueo, sobreexplotación y la destrucción de sus hábitats. Con frecuencia se recolectan directamente del medio silvestre, ya sea retirando la planta por completo o bien solo algunas de sus partes. Esta práctica suele estar impulsada por la rareza de las especies, por el prestigio que representa poseerlas, por embellecer jardines y/o espacios verdes o para integrarlas en colecciones privadas (Nadal et al., 2013). 

Debido a lo anterior, es necesario realizar estudios de mercado que resalten el verdadero impacto y las presiones socio-ecológicas asociadas a la cosecha y comercialización de esta agrobiodiversidad. Esta situación es particularmente preocupante en mercados con importancia nacional en su red mercantil.

Contexto histórico del uso y distribución de las plantas ornamentales 

El uso ornamental de las plantas es muy antiguo. Algunos registros arqueobotánicos indican que las partes flóreles de las plantas se colocaban como ofrenda en entierros, otorgándoles un profundo simbolismo espiritual (Altman et al., 2022). En China, la tradición de jardinería con fines ornamentales se originó como espacios recreativos para la nobleza y, al mismo tiempo, como símbolos de poder (Barnes, 2005). En contraste, culturas como la egipcia y la mesopotámica transformaron los jardines utilitarios en espacios recreativos, combinando flores de loto, papiros, palmas, árboles frutales y plantas comestibles como el azafrán o la amapola. Estos jardines no solo eran bellos, sino que integraban la estética con el uso agrícola o frutícola (Giesecke, 2022). 

En la Grecia y Roma clásicas, los jardines unían lo útil con lo estético. En Atenas se plantaban olivos y laureles en espacios urbanos y se adornaban templos, mientras que los romanos preferían especies con hojas perennes como símbolos de fertilidad y eternidad, que decoraban monumentos y edificios (Giesecke, 2022). Durante el Renacimiento y la Edad Moderna, la percepción y el uso de las plantas ornamentales cambiaron radicalmente. El colonialismo europeo abrió nuevas rutas de comercio e intercambio cultural, principalmente con América y Asia (Hinsley et al., 2024). Esto amplió la disponibilidad de especies que rápidamente se convirtieron en objeto de deseo para jardineros y coleccionistas europeos, generando un comercio ostentoso de plantas raras y exóticas (Barnes, 2005). 

El interés por las especies exóticas impulsó la creación de redes de comercio formales e informales, surgieron viveros y jardines botánicos destinados a producir y aclimatar plantas tropicales y de diferentes partes del mundo. Además, algunas especies fueron mejoradas mediante selección e hibridación, y las técnicas de cultivo se perfeccionaron de manera paralela (Brockway, 1979; Dalby & Giesecke, 2022; Nielsen, 2023).


Historia de México a través de mercados y jardines

En México, el conocimiento, uso y comercialización de plantas ornamentales se practica desde tiempos prehispánicos. Los jardines botánicos y mercados tradicionales fueron clave para transmitir y preservar el conocimiento de estos recursos.

Los jardines prehispánicos tenían una dualidad interesante: servían como espacios de recreación, culto y muestra del poder de los huey tlatoani —líder de una ciudad-estado en el poderío de la triple alianza—, pero al mismo tiempo funcionaban como centros de estudio y colección de agrobiodiversidad —flora y fauna útil—, donde el conocimiento sobre la naturaleza quedó reflejado en nombres indígenas que aún perduran (Pérez, 2004; Vovides, 2010). Por ejemplo, los mexicas diferenciaban los jardines según su función y jerarquía social: Xoxochitla (“lugar de flores”) se refería a jardines de cultivo floral, Xochitepanyo a jardines rodeados por muros, Xochichinancali para clases populares y Xochiteipancalli o “palacio de flores” para la nobleza (Cetzal-Ix y Noguera-Savelli, 2014).

Paralelamente, los mercados reflejaban la vida social y económica, la relación con la naturaleza, las prácticas culturales y el aprovechamiento de la diversidad vegetal. La oferta de plantas variaba a lo largo del año según la estacionalidad de las especies (Hernández-Xolocotzi, 1983; Argenta-Villamar, 2016). Uno de los principales centros comerciales fue el mercado de Tlatelolco, donde se vendían alimentos frescos, frutas, verduras, flores, telas y otros artículos, incluyendo un área de venta de esclavos. Con la llegada de los españoles, su dinámica cambió al incorporar productos autóctonos y mercancías traídas del viejo continente (CEDRSSA, 2019). 

Durante la época colonial, México careció de jardines botánicos formales por 270 años, por lo que los españoles realizaron múltiples expediciones para documentar la riqueza natural (Vovides et al., 2010). Francisco Hernández de Toledo participó seis años (1571-1577) en la expedición a Nueva España, describiendo los usos curativos de las plantas y registrando alrededor de 3,000 especies. Más tarde, en 1787, Martín Sessé organizó la Real Expedición Botánica a Nueva España, que duró aproximadamente 13 años y dio lugar al Real Jardín Botánico de Nueva España (Vovides et al., 2010). 


Contexto actual del uso y comercio de plantas ornamentales en México

El cultivo de plantas ornamentales es una de las actividades agrícolas más rentables en México, reflejándose en la diversidad de flores de corte frescas, follajes y partes secas o procesadas que se comercializan a nivel nacional e internacional (INEGI, 2022). En el año 2023, el comercio de plantas ornamentales en México alcanzó 313 millones de dólares, debajo de países como Colombia, Ecuador, Canadá y China, fiscalizando su comercio exclusivamente con Estados Unidos (Secretaría de Economía, 2024). 

El aprovechamiento de plantas ornamentales del medio silvestre continúa existiendo como al inicio de las primeras civilizaciones, aunque actualmente es poco conocida debido a la falta de estudios académicos y a la idea generalizada de que toda planta ornamental es cultivada. De hecho, en el gremio botánico es sabido que el comercio ilegal y a gran escala ha causado la desaparición de varias especies de plantas en sus hábitats naturales, principalmente orquídeas, cactáceas y cícadas. En consecuencia, aun cuando las cifras indican que la mayoría de las exportaciones sobre agrobiodiversidad ornamental proviene de cultivos en viveros, múltiples follajes, bulbos, flores, frutos, semillas y esquejes procedentes de especies silvestres siguen siendo comercializados a escalas desconocidas.


Descubriendo la agrobiodiversidad ornamental en los mercados tradicionales

México presenta una flora extraordinariamente variada, resultado de la diversidad de regiones y climas, así como de la intervención humana y la introducción de plantas foráneas. Sin embargo, la falta de registros adecuados dificulta conocer con precisión cuántas especies se usan con fines ornamentales. Actualmente, algunas propuestas conservadoras sugieren que alrededor de 1,000 especies podrían estar siendo aprovechadas con fines ornamentales (CONABIO, 2020), aun cuando otras 4,220 especies podrían ser potencialmente ornamentales, incluyendo 3,434 nativas y 786 introducidas (CONABIO, 2020). Por ello, los estudios en mercados resultan clave para sistematizar la información sobre la biodiversidad comercializada, así como para comprender los impactos económicos y ecológicos del aprovechamiento de la agrobiodiversidad ornamental.

Los mercados rurales y urbanos conservan un valioso conocimiento sobre plantas ornamentales. En la Ciudad de México, los mercados de flores de Tenancingo y Jamaica son invaluables ejemplos sobre cómo estos espacios siguen siendo fuentes vivas de saberes etnobotánicos (Munguía et al., 2010). La Central de Abastos de la Ciudad de México (CEDA) destaca por recibir diariamente toneladas de flores y follajes provenientes de distintos estados, tanto cultivadas como extraídas de ecosistemas naturales.

Para minimizar este vacío de conocimiento, desde enero del 2023 el Jardín Botánico del Instituto de Biología de la UNAM, en colaboración con el Instituto de Ecología A.C. ubicado en Xalapa, Veracruz, ha monitoreado el comercio de agrobiodiversidad ornamental en la CEDA, registrando un total de 10 puestos fijos y aproximadamente siete puestos ambulantes, atendidos por personas de 10 diferentes estados del país. De éstos, las localidades prioritarias de procedencia de esta agrobiodiversidad residen en los estados de Puebla, Hidalgo y Morelos.

Durante este período se han documentado poco más de 35 especies de plantas ornamentales comercializadas en la CEDA, siendo Tillandsia punctulata Schltdl. & Cham. (cebollin), Rhipsalis baccifera (Sol). Stearn. (cola de caballo), Typha latifolia L. (cohete) y Leucophyllum ambiguum Bonpl. (oreja de ratón) las más comunes (Figura 1 y 2). Las especies raras registradas en un solo puesto o en una ocasión incluyen: Tillandsia deppeana Steud (bromelia), Tillandsia heterophylla É. Morren (bromelia), Huperzia sp. (cola de zorro), Dichea sp. (helecho de monte), Oncidium sphacelatum Lindl. (flor de mayo), Epidendrum melistagum Hágsater (orquídea), Encyclia radiata (Lindl). Dressler. (canelita) y Stanhopea hernandezii (Kunth) Schltr. (torito) (Figura 3). 


Figura 1. Puestos de plantas en la Central de Abastos de la CDMX. Fotografías de: Mauricio González Muñoz.


Figura 2. Plantas ornamentales silvestres frescas más comercializadas en la Central de Abastos, Ciudad de México: A) Tillandsia punctulata, B) Rhipsalis baccifera, C) Typha latifolia, D) Leocophyllum ambiguum. Fotografías: Mauricio González Muñoz. 


El volumen total comercializado hasta la fecha se estima en 6,696 plantas, destacando T. punctulata y T. latifolia, como las especies con más volumen comercializado. Un total de siete especies se encuentran en alguna categoría de protección de acuerdo con la NOM-059-SEMARNAT-2010 (en peligro de extinción: 1 especie; sujetas a protección especial: 4 especies; amenazadas: 2 especies), lo que resalta la importancia de monitorear su comercio para evitar impactos negativos sobre las poblaciones naturales.


Figura 3. Plantas silvestres ornamentales raras comercializadas en al Central de Abastos de la CDMX: A) Tillandsia deppeana, B) Tillandsia heterophylla, C) Huperzia sp., D) Dichea sp., E) Oncidiun sphacelatum, F) Epidendrum melistagum, G) Encyclia radiata y H) Stanhopea hernandezii. Fotografía: Mauricio González Muñoz. 

Cabe resaltar que, pese a la colecta intensiva en ambientes silvestres, esta investigación demostró que para mantener un suministro constante de plantas ornamentales los comerciantes han desarrollado estrategias de manejo que inciden en la productividad, tal es el caso del establecimiento de plantaciones forestales de especies como Eucalyptus cinerea F. Muell. ex Benth. (dólar), Monstera deliciosa Liebm. (piñanona), Chamaedorea tepejilote Liebm. (palma tepejilote), Schinus molle L. (pirul), Hedera helix L. (hiedra), entre otras. 

Estos hallazgos muestran que la CEDA opera como un centro clave de acopio y redistribución de plantas ornamentales silvestres en el centro de México, las cuales se comercializan principalmente a manera de follajes e inflorescencias, reflejando un mercado activo y en crecimiento. Pero más allá de las cifras, este espacio sintetiza siglos de historia en torno a la belleza, el adorno y el comercio —legal e ilegal— de las plantas ornamentales alrededor del globo. La CEDA, al ser el mercado más grande e importante de todo México y Latinoamérica, concentra en un mismo lugar y de una forma muy dinámica, lo que estas especies significan cultural y socialmente en sus regiones de origen, al tiempo que abre la puerta a nuevas preguntas de investigación sobre conservación, comercio y tradición.

Agradecimientos

Se agradece a la SECIHTI por los recursos financieros otorgados a través del proyecto “Un Jardín Etnobiológico dentro de la UNAM: impulsor de la revalorización del conocimiento biocultural en la Ciudad de México” (nos. 305027, 321339 y RENAJEB 2023-2), que permitieron la realización del presente trabajo de investigación.

Esta investigación también fue financiada por el Programa UNAM-PAPIIT en el marco del proyecto: "Manejo y conservación de la agrobiodiversidad en la región del Alto Balsas: una aproximación desde la sostenibilidad socioecológica (IA205923)”.


Bibliografía citada

Altman, A., Shennan, E. y Odling-Smee, J. 2022. Ornamental plant domestication by aesthetics-driven human cultural niche construction. Cell Press 27: 124-138.

Argenta-Villamar, A. 2016. El estudio etnobioecológico de los tianguis y mercados en México. Etnobiología 14(2): 38-46

Barnes, J. 2005. The history of ornamental gardening. Garden History Press.

Brockway, L. H. 1979. Science and colonial expansion: The role of the British Royal Botanic Gardens. American Ethnologist 6(3): 449–465.

CEDRSSA. 2019. La distribución y abasto de alimentos: Situación actual de la Central de Abasto de la Ciudad de México. Palacio Legislativo de San Lázaro.

Cetzal-Ix, W. y Noguera-Savelli, E. 2014. Jardines prehispánicos de México. Herbario CICY 6: 109–112.

CONABIO. 2020. Ornamental. Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, México. Recuperado el 7 marzo, 2025 de: https://www.biodiversidad.gob.mx/diversidad/ornamental

Dalby, A. & Giesecke, A. 2022. Plants as natural ornaments. Francis, J. (Ed.), A cultural history of plants in the early modern era. Bloomsbury Academic. pp. 157-177.

Giesecke, A. 2022. Plants as natural ornaments. Tally-Schumacher (Ed.). A cultural history of plants in antiquity. Bloomsbury Academic. 1: 155-175.

Hernández-Xolocotzi, E., Vargas, A., Gómez, N. T., Montes, J. y Brauer, F. 1983. Consideraciones etnobotánicas de los mercados de México. Revista de Geografía Agrícola 4: 13–28.

Hinsley, A., Hughes, A. C., van Valkenburg, J., Stark, T., van Delft, J., Sutherland, W., y Petrovan, S. O. 2024. Understanding the environmental and social risks from the international trade in ornamental plants. BioScience 0: 1-18.

INEGI. 2022. La horticultura ornamental en México. Instituto Nacional de Estadística y Geografía, México. Recuperado el 13 diciembre, 2024 de: https://en.www.inegi.org.mx/contenidos/productos/prod_serv/contenidos/espanol/bvinegi/productos/historicos/380/702825117788/702825117788.pdf


Munguía, G., Vázquez-García, L. M. y López-Sandoval, J. A. 2010. Plantas silvestres ornamentales comercializadas en los mercados de la flor de Tenancingo y Jamaica, México. Polibotánica. 29: 281-308.

Nadal, L., Carmona Omana, A. y Trouyet Starr, M. 2013. Tráfico ilegal de vida silvestre. SEMARNAT. Recuperado el 20 enero, 2025 de: https://biblioteca.semarnat.gob.mx/janium/Documentos/Ciga/Libros2013/CD001601.pdf

Nielsen, V. 2023. The colonial roots of botany: legacies of empire in the botanic gardens of Oxford and Kew. Museum Management and Curatorship 38(6): 696-712.

Pérez, R. I. 2004. Vergeles Mexicas. Boletín del Instituto de Investigación Bibliográfica 9: 167-192.

Prance, S. G., & Nesbitt, M. 2005. The Cultural History of Plants (1st ed.). Routledge. Recuperado el 22 septiembre, 2025 de: https://doi.org/10.4324/9780203020906

Secretaría de Economía. 2024. Live plants and floricultural products. DataMéxico. Recuperado el 27 enero, 2025 de: https://www.economia.gob.mx/datamexico/es/profile/product/live-plants-and-floricultural-products?tradeBalanceSelector=2022#intercambio-comercial

Taylor, J. M. 2009. The global migrations of ornamental plants: How the world got into your garden. Missouri Botanical Garden Press. Recuperado el 01 noviembre, 2024 de https://books.google.com.mx/books/about/The_global_migrations_of_ornamental_plan.html?id=dIRFAQAAIAAJ&hl=en&redir_esc=y

Vovides, P. A., Linares, E. y Bye, R. 2010. Jardines botánicos de México: historia y perspectivas. Instituto de Ecología.


viernes, 25 de abril de 2025

Jobo: especie poco explorada en la Huasteca Potosina

Omegar Cruz-Arvizu1, Iris J. Cruz-Larios2, Sandra L. Castro-Garibay3  

y Alejandra Moreno-Letelier2


1Postgrado en Fruticultura, Colegio de Postgraduados-Campus Montecillo, km 36.5 Carretera 

México-Texcoco, Montecillo, Texcoco, Estado de México, México, 56264

2Jardín Botánico, Instituto de biología, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad Universitaria, Coyoacán, Ciudad de México, 04510

3 Postgrado en Ciencias Forestales, Colegio de Postgraduados-Campus Montecillo, km 36.5 Carretera 

México-Texcoco, Montecillo, Texcoco, Estado de México, México, 56264




Jobo (Spondias mombin L.) es una especie que pertenece a la familia Anacardiacea. El área de distribución de la especie es amplia hablando del continente americano (México hasta Brasil). En México se distribuye en las costas del Pacífico y Golfo de México, donde el fruto de esta especie recibe el mismo nombre que el árbol “jobo”. Sin embargo, en otros países se le conoce como: “mombin amarillo” (Islas del Caribe), “gully plum” en Jamaica, y en Brasil se conoce con varios nombres regionales “tapereba” (Amazonas), “cajá pequeño” (Sureste), “cajámirim” (Sur) y “cajá” (Noreste).

En la Huasteca Potosina, área de emblemática belleza natural, se pueden encontrar árboles de jobo en huertos de traspatio, a orilla de caminos y carreteras, en praderas de pastoreo, incluso forman parte de las huertas de naranjo, dando sombra a estos árboles en temporada de calor extremo y a las personas que trabajan en actividades dentro de las huertas (Figura 1).


Figura 1. Árbol de jobo en una huerta de naranja (A)
y recolecta de fruto de jobo (B). Fotografía: Omegar Cruz Arvizu.

En los municipios de San Martín Chalchicuautla y Tamazunchale, San Luis Potosí, el jobo presenta altura promedio de 8 a 12 metros. La cosecha de la fruta inicia a mediados del mes de agosto y se observan los últimos frutos a finales del mes de octubre, durante esas fechas tanto el árbol y el suelo se cubren de color amarillo, además que el aroma del fruto de jobo impregna el ambiente cercano.





Generalmente la recolecta de los frutos se realiza directo del suelo, pero existen personas que los cortan del árbol con herramientas que ellos mismos fabrican, para evitar que la fruta presente daños por la caída. La fruta recolectada tiene dos propósitos principalmente: extracción de pulpa para congelar y utilizarla posteriormente para hacer aguas frescas o venta de fruta fresca en mercados locales (Figura 2). La venta del jobo es una actividad común entre los habitantes de la región, quienes recolectan la fruta de los árboles que crecen en sus propiedades y la ofrecen en mercados locales o directamente a los consumidores.


Figura 2. Recoleta y obtención de jugo de fruto de jobo. Fotografía: Omegar Cruz Arvizu.


Como ocurre con muchas frutas, el precio del jobo varía según la temporada de cosecha y la disponibilidad en el mercado. En 2023, el litro de esta fruta llegó a venderse hasta en $50.00 pesos, mientras que en 2024 su precio bajó drásticamente a $10.00 pesos. Esta fluctuación se debe a la cantidad de fruta disponible en cada temporada: cuando la cosecha es abundante, el precio tiende a bajar, y cuando es escasa, sube. 


Uso del jobo en la Huasteca Potosina


De un litro de fruta de jobo, se obtienen aproximadamente de 310 – 320 mL de jugo; la extracción de este se realiza a través de maceración utilizando las manos, después es necesario congelar, ya que, por el intenso calor en la zona, se fermenta muy rápido e inhabilita su uso para elaboración de ciertos productos.

En la Huasteca Potosina, solo se utiliza el fruto del jobo para elaborar productos comestibles: aguas frescas, paletas, helados y licor de jobo, mejor conocido como “jobito”. Todos estos productos se preparan y se vende en los todos los municipios que pertenecen a la Huasteca Potosina (Figura 3).

En San Martín Chalchicuatla, San Luis Potosí, existe la tienda “Licores de Fruta Don Monchi” famosa por la elaboración de “jobito” por más de 50 años. Los ingredientes principales son aguardiente y el jobo o la fruta que se desee colocar (ya que elaborar licores de naranja, capulín, litche), que en conjunto se añejan durante siete meses en barricas de madera.

Los productos comestibles elaborados con la fruta de jobo forman parte de la cultura culinaria de la Huasteca Potosina, aspecto de gran importancia para la zona, además de ser parte de la memoria colectiva al pasar el conocimiento de la elaboración de estos de una generación a otra, como es el caso del jobito, con más de 50 años de tradición.

Después de todo lo mencionado anteriormente, surge la pregunta ¿por qué el título de este blog es “Jobo: especie poco explorada en la Huasteca Potosina”? La razón es que, si bien los productos comestibles de este árbol son relevantes, también existe evidencia científica sobre su uso etnomedicinal, incluyendo sus hojas, tallo, corteza y raíces, además de las propiedades antioxidantes de su fruto.


Figura 3. Productos elaborados con fruta de jobo. A) Venta de agua de jobo en la plaza principal de Tamazunchale, San Luis Potosí. B y C) Venta de helado, paletas y agua en Paletería “La Flor de Tocumbo” y la “Michoacana”. Fotografía: Omegar Cruz Arvizu. D – F) Presentación de licor de jobo, Imágenes tomadas de la red.


Se han identificado 102 compuestos de diferentes partes del árbol de jobo, los cuales se han utilizado en caso de aborto, constipación, fiebre, gonorrea, hemorragia posparto, dolor de estómago, diarrea, disentería y como desinfectante en heridas (Bukunmi et al., 2023).

También se han realizado estudios sobre caracterización química de frutos de jobo, donde se ha determinado que contiene fenoles, niveles altos de carotenoides, taninos y vitamina C, además de la capacidad antioxidante que se le ha atribuido (Tiburski et al., 2011; Silva et al., 2018).

Es importante recalcar que la mayoría de estos estudios se han realizado en Brasil (45 %), México solamente tiene 7.8 % de participación en publicaciones sobre dichos aspectos del jobo (de Freitas et al., 2024).

Al menos en la Huasteca Potosina, no se tiene conocimiento de la importancia etnomedicinal de la especie, pero es posible que en otros estados de la Republica exista, lo que hace necesario rescatar estos saberes, además que es vital realizar caracterización física, química, molecular de la especie, con el firme objetivo de potenciar su cultivo.


Bibliografía


Bukunmi O., O., B. Oluwatomide O., G. Ampoma G., and G. El-Saber B. 2023. Nutritional benefits, ethnomedicinal uses, phytochemistry, pharmacological properties and toxicity of Spondias mombin Linn: a comprehensive review. Journal of Pharmacy and Pharmacology 75: 162 – 226. 10.1093/jpp/rgac086.

de Freitas S, J., A. de Aguilar N., C. Norie K., D. de Lima M., S. Pereira F., V. Martins M., E. Przytyk J., and L. de Oliveira R. 2024. Spondias tuberosa and Spondias mombin: Nutritional Composition, Bioactive Compounds, Biological Activity and Technological Applications. Resources 13(68): 1- 22. 10.3390/resources13050068.

Silva L., T.L., E. Pablo S., E. Ramírez A., E. C. Silverio V., J. Santos S., F. Alves S., C. Damoano. 2018. Physicochemical characterization and behavior of biocompounds of caja-manga fruit (Spondias mombin L.). Food Science and Technology 38(3): 399- 406. 10.1590/fst.03717.

Tiburski, J. H., A. Rosenthal, R. Deliza, R. L. de Oliveira G., and S. Pacheco. 2011. Nutritional properties of yellow mombin (Spondias mombin L.) pulp. Food Research International 44: 2326- 2331. 10.1016/j.foodres.2011.03.037.